Esto es lo último que te escribo. Lo prometo. Hoy he pensado
un poco menos en ti. Creo que finalmente me he olvidado de ti. Al final
quizás hasta tengas razón y voy a ser más fuerte de lo que pensaba. Estoy
intentando parar. No quiero ir a recuperar lo que un día fue mío. Más bien lo
que nunca fue mío. En realidad no lo sé, y nunca lo sabré. Dicen que lo peor en
una historia es no saber lo que la otra persona piensa. Por mi parte, el no
saber lo que piensas es lo que me impide avanzar, pero también me impide volver
a atrás. Me obliga a quedarme estancada donde estoy. Y te voy a ser sincera,
porque tú siempre quieres la verdad, no sé qué hacer. Llevo meses sentada,
callada, esperando a que cambie algo. Porque si por mí fuera, lo habría
cambiado hace mucho tiempo, pero no depende de mí. Bueno, quizá sí, quién sabe.
Igual si tuviese los huevos de plantarme en la puerta de tu casa y decirte todo
lo que tengo dentro al fin podría lograr avanzar aunque fuese medio paso. Pero
no los tengo. Me he pasado días pensando, dándole vueltas a la cabeza, sobre
quién tiene la culpa. Las primeras semanas te la eché a ti sin pararme a
pensar. Me olvidas, me mientes y tienes a la chica de tus sueños; fácil ser el
malo de la película. Pero hay algo dentro de mí que no se fía de las primeras
versiones de las historias, de las
primeras impresiones, de las apariencias. En eso soy un poco como tú ¿sabes? Y
de tanto pensar y esperar, me he dado cuenta de que es mucho más complicado de
lo que pensaba. Que es culpa de los dos, ni tuya, ni mía. Tuya por hacer las
cosas mal y rápido, y mía por no saber decirlo. Lo siento. Te prometo que lo
siento. Sé que es fácil decirlo cuando lo he perdido todo. Me habría gustado
haberme dado cuenta de esto antes. Quién sabe, a lo mejor un día esto se soluciona
y lees esto. Si lo lees, he cambiado. Espero al menos.
Me acuerdo cuando me decías que podríamos haber durado
mucho. Aquí es cuando viene mi cabreo contra ella. Joder, yo te quería. Si, te
quería. Eras el equilibrio perfecto, te echo tanto de
menos…
Me has dicho que si me pasa algo, te lo puedo contar. Que si
quiero ayuda, te la pida. No es que la quiera, es que la necesito. Quiero que
me digas que pasa, que cojones es lo que piensas. Porque no sé cómo salir de
aquí, y eres el único capaz de explicármelo. Pero lo siento, mi orgullo me
impide decirte todo esto. ¿Sabes el otro
día, cuando te dije “¿A dónde vas? Y contestaste: “Yo, a mi casa”? Ese día
quería que me dijeses: Voy a quedarme aquí contigo y vamos a hablar sobre todo
lo que ha pasado, después te acompañaré a coger el autobús. Y había una parte
de mí que pensaba que lo ibas a hacer. Y creo, dime si me equivoco, que había
una parte de ti que quería quedarse. Pero no podías. Qué digo, igual ni
querías.
¿Te acuerdas de lo que te escribí por tu cumpleaños?
Por si nunca lo entendiste, era mi forma de pedirte perdón. De decirte que
realmente significabas mucho para mí, de agradecerte todo lo que hacías día a
día, y de darte las gracias. Y lo mantengo. Cuando quieras algo, siempre,
cualquier momento y a cualquier hora, estés donde estés, voy a estar ahí
¿sabes? Porque no sé por qué te he querido tanto, ni cómo. Pero si sé cuándo. Y sé
lo que eso conlleva.
A veces creo que todo esto es sólo una prueba. Que lo único que quieres decir es “Ves como puedes con esto? Puedes con
esto, y con mucho más” Siempre fuiste capaz de sorprenderme.

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