Tal vez la felicidad no se encontraba en las grandes circunstancias arrolladoras, en tenerlo todo organizado en la vida. Tal vez estaba en hilar un montón de pequeños placeres: ver el concurso de Miss Universo en zapatillas, comer brownies con helado de vainilla, alcanzar el nivel siete en el ¨Dragon Master¨ y saber que quedaban otros veinte niveles más.
Tal vez la felicidad simplemente era cuestión de pequeños instantes buenos: la señal de peatones que se pone verde en el momento en que llegas para cruzar; e instantes malos: la etiqueta que pica en el cuello, que soportaba una persona a lo largo del día.
Tal vez todo el mundo tenía asignada la misma proporción de felicidad para un mismo día. Tal vez no importaba si eras un rompecorazones mundialmente famoso o un ser lamentable. Tal vez no importaba si tu amiga probablemente estaba muriéndose.
Tal vez lo superabas.
Tal vez era todo lo que se podía pedir.
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