QUE EL FIN DEL MUNDO TE PILLE BAILANDO

domingo, 4 de noviembre de 2012

take a drink


Estaba hablando. De repente sentí que su mirada se clavaba en mí. Yo no podía verle, estaba de espaldas. Aún así lo sabía, sabía que en cuanto me girase íbamos a empezar una de esas conversaciones que quieres tener aún sabiendo que no van a ser muy productivas. Me giré. Efectivamente, me estaba mirando. Tardó 5 segundos en cogerme de la mano y tirar de mi hasta salir fuera de la parcela. Empezó a contarme un montón de detalle insignificantes sobre ya no me acuerdo ni de qué, sabiendo que ninguno de los dos les daba importancia. Le miré con ojos de no entender nada, mientras trataba de exponerme una tesis sobre... Eh, un momento. Me estaba hablando de nosotros.
Me había acostumbrado a poner el piloto automático cuando hablaba con él, por que todas nuestras conversaciones acababan en lo mismo, y me hacían volver a la casilla de salida por un camino que ya me conocía de memoria. Pero ahora no. Me estaba hablando de nosotros. 
Me miró y me gritó algo sobre que era una interesada y que eramos amigos cuando me venía en gana. Yo estaba callada, no entendía nada. Me dijo que él siempre que yo necesitaba algo había estado ahí, pero que yo no era capaz de hacer lo mismo. No lo entendía, si se sentía mal ¿por qué no había venido a buscarme?
Me dijo que no sabía que hacer, y me contó algo sobre otra chica con la que creía tener alguna posibilidad. Le miré. Siguió hablando durante unos 2 o 3 minutos, pero yo intentaba sacar algo en claro mientras él agitaba los brazos en señal de protesta mientras gritaba muchas cosas. 
Al final pude responderle.
"Deja de ser tan injusto. Sabes que te quiero, aunque nunca te lo diga sabes que estaría ahí si me llamaras a las 4 de la mañana para que te ayudara yo lo haría. Si quieres ir a por esa chica ve, sabes que no hay nada que me reviente más que la gente que quiere algo y no va a por ello."
Y no le digo que podría haberme despertado a su lado quincemil mañanas y haber sido muy feliz, porque sé que lo sabe. Pero ya se le ha ido nuestra oportunidad.
Y lo peor es que no parece importarle, se acerca a medio centímetro de mí y me sonríe.
Y yo salgo corriendo. Esta vez no.

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